Mil doscientos metros cuadrados repartidos en cinco plantas, 24 habitaciones de unos 20 metros cuadrados cada una y más de 200 metros cuadrados de zonas comunes. Ese es el resultado de la operación con la que Sharing Co ha convertido un edificio del siglo XIX de la calle San Vicente Ferrer, en pleno Malasaña, en un Coliving que recibirá a sus primeros residentes este verano. La rehabilitación ha supuesto una inversión superior a los tres millones de euros.
El proceso ha sido largo para el tamaño del activo. La compañía compró el inmueble en 2023, arrancó las obras en 2024 y ha trabajado con el estudio TAAs, Totem Arquitectos Asociados en una intervención integral que tenía una restricción de partida: el edificio conserva un grado de protección de Nivel 3 parcial en su envolvente y sus escaleras. Actualizar las prestaciones sin tocar lo protegido marca el ritmo y el coste de este tipo de reformas.
La planta baja era el asunto delicado. Ahí siguen dos locales con protección patrimonial superior a la del resto del inmueble y con décadas de vida en el barrio: la antigua Farmacia Juanse, cuya fachada de azulejos forma parte del paisaje urbano de Malasaña, y la Antigua Huevería. La compañía recurrió a especialistas en restauración para tratarlos respetando materiales, técnicas y composición original.
Jaime Bello, director de operaciones y cofundador de la compañía, sitúa ahí una de las decisiones del proyecto: «Desde el principio tuvimos claro que la fachada de azulejos no podía tratarse como un elemento decorativo más». Su socio Arco Galán, consejero delegado y también cofundador, resume la lógica del conjunto: la idea es «transformar edificios para adaptarlos a una nueva generación que quiere vivir de otra manera», con espacios funcionales y servicios en el centro de la ciudad.
La escala de la operación merece atención precisamente por lo pequeña que es. Frente a las carteras de miles de unidades que mueven los grandes operadores europeos, aquí hay veinticuatro habitaciones y tres millones de euros. Pero en los centros históricos protegidos no existe otra vía: no hay suelo terciario nuevo que desarrollar, y el único inventario disponible son edificios antiguos que hay que rehabilitar uno a uno, con licencias condicionadas por el grado de protección.
Ese es el matiz que conviene retener. En estas ubicaciones, la conservación patrimonial deja de ser una carga de la que defenderse y pasa a ser el argumento que hace viable la licencia y, de paso, lo que distingue el producto de cualquier otro. El Flexible Accommodation lleva años buscando cómo entrar en los cascos históricos sin chocar con los ayuntamientos, y una farmacia de azulejos restaurada en la planta baja responde a esa pregunta mucho mejor que cualquier argumentario.