Enrique Cerezo y Miguel Ángel Gil Marín, presidente y consejero delegado del Atlético de Madrid, compraron el pasado junio el edificio Anaya, en el número 15 de la calle Juan Ignacio Luca de Tena, para convertirlo en un proyecto de Flexible Accommodation. La operación la adelantó El Confidencial y la recoge Brains Real Estate News; se cerró apenas tres meses después de que el fondo estadounidense Apollo completara la compra del club.
El inmueble tiene biografía. Se levantó a comienzos de los años setenta para albergar los laboratorios y el centro de investigación de Standard Eléctrica, y en 1972 recibió el premio anual de arquitectura del COAM. Nació en forma de U, con dos plantas en el ala sur, tres en la norte y un patio abierto en el centro, y más tarde creció con una planta añadida al sur, una torre interior de once alturas y dos niveles en la fachada este. Después fue sede del Grupo Anaya durante unas tres décadas, hasta que la editorial se mudó a San Blas-Canillejas hace cuatro años. Su anterior propietaria, Tómbano Capital, había iniciado la tramitación de un plan especial para elevar un 10% la edificabilidad.
La ubicación explica buena parte del interés. La calle acoge la sede de Santander España, a pocos números, y las instalaciones de la Clínica Universidad de Navarra con su campus de posgrado. Oficinas, hospital y aulas en el mismo radio: el trío que alimenta la demanda de estancias de semanas o meses, del profesional desplazado al familiar de un paciente ingresado, pasando por el alumno de máster.
Hay, eso sí, un condicionante que no conviene pasar por alto: el edificio tiene protección estructural de nivel 2, lo que limita lo que puede hacerse con su estructura. Convertir un centro de investigación de los setenta en apartamentos exige tocar crujías, patios e instalaciones, y la protección marca hasta dónde se puede llegar. La fuente no detalla número de unidades, inversión ni plazos, y conviene no darlos por supuestos.
El caso encaja en la corriente que venimos siguiendo todo el año: la oficina vacía que se reconvierte. En septiembre contamos cómo una fábrica de cerveza, unas oficinas vacías y una farmacia del XIX se transformaban en este producto, y la semana pasada, cómo una socimi de oficinas veía caer su ocupación mientras subía la de sus apartamentos. El suelo terciario con edificio encima es hoy la materia prima del sector.
Lo singular aquí es quién compra. No es un fondo ni una gestora especializada, sino dos directivos del fútbol invirtiendo su propio patrimonio justo después de vender el club a un fondo. Que capital privado sin trayectoria en el sector elija este producto para su primera operación inmobiliaria relevante dice algo sobre cómo ha cambiado su percepción: hace cinco años, ese mismo dinero habría comprado oficinas o vivienda en alquiler. El reverso es el que señalaba el sector hace dos semanas en Madrid, cuando advertía del riesgo de un efecto llamada y de entrar sin información suficiente para acertar con el producto. Un edificio protegido, con una reforma compleja por delante, no es el más indulgente para estrenarse.